martes, 20 de enero de 2015

El hombre del desierto (TACHO) el recolector de chuzos (puntas de flecha de coahuila)





desierto

Esta es la crónica de Tacho: un recolector de piedras que vive en Coahuila.
 Allá en despoblado cuentan muchas historias. Dicen quienes lo conocen que es un grano de arena del desierto, una roca más del monte: un indio moderno. Con todos los que platiqué me dijeron que está loco. Y él lo acepta, porque puede ser que todo lo que dicen es verdad. Desde hace mucho tiempo dejó a un lado el campo y la extracción de cera de candelilla porque lo hechizó un oficio poco común en este lado de Coahuila llamado Valle de Acatita: es chucero. Es decir: recolecta chuzos (puntas de flecha talladas) para venderlos a precios varios. De eso vive. Pero no hablamos de saqueos, ni de tumbas exhumadas. No. Los chuzos están en el suelo como piedras abandonadas y de vez en vez hay huesos humanos regados por senderos que sólo los hombres trazan con su andar. El libro Coahuila, Monografía Estatal, explica que tiempo ha, unos 7000 años, grupos indígenas habitaron la región. Los llanos fueron territorio de los Irritilas. Ya no: ahora son de Anastasio Morales Gutiérrez, Tacho. Encontrarlo fue una aventura. Me habían dicho que sería un error.  Y así empecé a creerlo: dos horas de camino desde Torreón y varias vueltas a su pueblo, Tres Manantiales, terminaron por cansarme por los paisajes de la carretera con tanta aridez. La gente de los poblados cercanos como Felipe Ángeles y Charcos de Risa me decían que ni para cuándo hallarlo. Y no andaba de gira en el desierto, mucho menos perdido en la serranía. Andaba de parranda. Avisó en casa que iba a Francisco I. Madero por una refacción para la camioneta, que llegaría ese día, que bla, bla, bla. Su esposa sabía que esa tarea era para largo. Ya había tardado. Eso me dijo. Y muchos más dieron pistas de su paradero. Es buena persona: medio loco, lo único malo es que es borrachito. Se le entiende que se relaje un poco de tanto ver liebres en el monte. Eso me diría Chuy Villalobos, vecino de Charcos de Risa… Pero que no chingue, ¿más de una semana en la loquera? Y eso me dijo al final.
Fueron 10 días de juerga. Sólo llevaba unos cuantos pesos, dos o tres chuzos y lo primero que hizo fue comprar el fierro para su Ford modelo 72. Después vendió los chuzos a mil pesos, pero una hija que estudia en el municipio le quitó 800 para la escuela. Afortunadamente contó con el apoyo de las gargantas secas de sus hermanos y amigos. No tuvo más remedio que seguir la fiesta con ellos.
Juro que voy a dejar de tomar, ya hasta veía borroso. Me estaba quedando ciego. Si quieren ir a chucear pos vamos, nada más traigan comida, agua, y nada de cheve porque soy voladito y la vuelvo a agarrar.
Donde la familia y amigos había inquietud. Suponían que podría estar detenido o algo así porque en ocasiones le da por soltar víboras de cascabel en las cantinas o en las calles. Y ni un teléfono para marcar. Ya estaban pensando en mandar a traerlo. En el pueblo me contaron que lo habían visto ebrio afuera de un expendio. Otros me dijeron que no, que andaba dentro de las cantinas (El Viejo Oeste y El Guadalajara, precisaron). Luego me llegó el rumor que andaba en Charcos de Risa con la idea de regresar a casa, pero en el camino se había topado con el camión repartidor de cerveza y le dieron un rayte de regreso a Francisco I. Madero. La volvió a agarrar hasta que una noche al fin se presentó al aniversario de Charcos y se quedó porque la borrachera era espantosa. La cruda fue peor: le chillaba un gato en la cabeza y me tenía enfrente diciéndole que me dejara acompañarlo. «Juro que voy a dejar de tomar, ya hasta veía borroso. Me estaba quedando ciego. Si quieren ir a chucear pos vamos, nada más traigan comida, agua, y nada de cheve porque soy voladito y la vuelvo a agarrar. Eso si, hoy no porque me estoy curando, hasta suero ando tomando». Y supe su debilidad: la caguama Carta Blanca, bien helada.
 ***
Tacho tiene 50 años y los reparte en 80 kilos. Su piel ha sido oscurecida por el sol, raspada por la tierra. Su familia consiste en su esposa, 4 hijos, dos perros, un burro llamado Petronilo, una lechuza bautizada como Imelda y muchos, cientos de pollos. Tres veces por semana sale a chucear muy temprano, nunca se fija en el reloj. Cuando los gallos cantan sabe que es la hora. Los demás días va al monte a cortar candelilla con su hijo, los fines de semana elabora artesanías de mezquite, carrizo y piedra tallada, para ser precisos hace arcos, flechas y cuchillos. Pero su chamba chamba es la chuceada.


El ritual necesario para ir a trabajar en los chuzos comienza con desayunar, luego carga agua en una bolsa de mezclilla pariente lejano del negro y una vara de gobernadora que usa para rastrear. A veces lleva pala y criba para facilitar el trabajo. «Si uno jala para tragar, cómo voy a salir sin la papa, que chingaos. Muchos salen muy temprano a la candelilla sin almorzar que porque pierden tiempo. Y para que te den 27 pesos por kilo, mejor le hago a los chucitos, con dos o tres que me encuentre ya chingué para el chivo». Tacho no es nuevo en esto de la chuceada. Nació en Francisco I. Madero y desde que tenía ocho años exploró algunas comunidades con su padre —del mismo nombre—, quien le heredó el oficio de andar en el llano en busca de piedras trabajadas. Cuando creció se dedicó a la pesca y a la elaboración de ladrillos en Tamaulipas y Sinaloa. Después uno de sus 10 hermanos le contó que en Tres Manantiales había mucha agua para sembrar y candelilla para elaborar cera. Se fue al monte, lejos de todo, de todos… En ese entonces, hace casi 30 años no había carretera para el rancho. Vino el declive del campo, la escasez de agua, los años duros de andar en el monte cazando liebres a pedradas. «Antes había mucha hambre, mucha soledad.

Cuando veíamos gente de otros lados todos íbamos recontentos, nos daba hasta gusto». Entonces Tacho descubrió que los chuzos eran una buena opción para salir adelante. Gracias a la suerte fue cobrando fama a los alrededores. Durante sus hallazgos notó cómo los pobladores de estas tierras inhóspitas elaboraban los arcos y flechas. Y le dio por confeccionar los suyos como artesanía; los vende al precio que se negocie. También captura víboras de cascabel, tarántulas y saca guano de las cuevas como encargo. Es un hombre del desierto. Un llanero que respeta a sus antepasados porque le hubiera gustado ser como ellos.
***
Esa madrugada llovió. Todo el ambiente impregnado de olor a gobernadora. Tacho dijo que era imposible entrar a ciertos lugares por el agua acumulada en caminos chiclosos y luego sufrió porque no recordó cuándo fue la última vez que el agua cayó. A lo lejos las montañas rodeadas de nubes negras parecían una pintura, el desierto una sabana empapada que no secaba nunca, que no acababa nunca.
La vara de Tacho es una extensión de su cuerpo, con ella hurga en la tierra y con movimientos rápidos levanta piedras. Las examina, las toca, les da vuelta con los dedos.
Hacía un poco de frío, el aire estaba fresco y ni un árbol para detenerlo. El cielo azul oscuro, las nubes cargadas: peligro de tormenta eléctrica. La decisión fue caminar en busca de chuzos, como todas las mañanas, como casi siempre. «Yo me la cotorreo aquí en el monte, ahora que llovió es mejor porque el agua limpia los caminos y es más fácil encontrar chucitos. Namás hay que andar abusados. Ahorita llegamos al camino, si está bueno nos vinemos en la troca». No fue así. A caminar.
—A uno a veces le duele el pescuezo, se cansa la joroba de tanto andar agachao. Pero si estoy en la casa ando desesperado, quiero salir al monte.
—¿Entonces si Maussan mira al cielo, Tacho mira al suelo?
—Ándale, así mero, nada más que yo no digo mentiras. Todo me lo encuentro, es una chinga, pero son reales. Por eso tengo muchos amigos de todas partes. La cosa es tener fe y no ser transa.
La vara de Tacho es una extensión de su cuerpo, con ella hurga en la tierra y con movimientos rápidos levanta piedras. Las examina, las toca, les da vuelta con los dedos. Da juicios sobre su origen: «Esta es piedra tallada, también me la pagan, pero menos. El chiste es encontrar chucitos completos». A las dos horas de camino el sudor asoma. Por la prisa y la emoción del terreno mojado los garrafones de agua quedaron olvidados. Entonces la temperatura no era muy alta ni caía llovizna. Tacho necesitaba líquido. Por eso bebió en un charco de lluvia tirado de panza. «Si hasta con tepocates toma uno a veces, pos la agüita de lluvia es mejor. Más rica, al rato salen las víboras a refrescarse».
—¿Qué de cierto hay en que mata víboras de cascabel con la boca?
—Eso nada más fue una vez que estábamos pizcando algodón en Charcos de Risa. Se me ocurrió darle una mordida en el pescuezo para que se muriera la cabrona.
—¿Entonces si las mata a mordidas?
—Bueno, nada más cuando están chiquillas, porque si están grandes no se puede. ¿Será que estoy loco?
—Puede ser… ¿No lo han mordido?
—Sí, tres veces en la mano. Lo que pasa es que debes de sacarte el veneno con la boca o hacerte un torniquete para que no avance. Así es la pichada.
Van muchos pedazos de piedra en la bolsa de Tacho: ningún chuzo completo. Ahora encuentra un hoyo en el piso con una pequeña telaraña y dice que es de tarántula: rasca con su vara y manos para mostrar el procedimiento, a escasa profundidad sale el insecto corriendo, alterado. Tacho la toma entre sus dedos, juguetea con ella. Sus patas peludas buscan suelo, él la retiene. «Agárrenla, no hace nada. Estos animalitos son nobles. Nada más los saco cuando me los encargan. ¿Para qué hace uno la maldad?».


Tacho vuelve a rascar y entierra la tarántula en su agujero. Ya van 5 horas caminando y sólo ha encontrado pedazos de piedra. A lo lejos las nubes se dispersan, caen los primeros rayos de sol. En casa la comida espera: «Como de todo, lo único que no es el tecolote, tiene la carne corriosota. Ya una vez lo hice en caldo y no, mejor lo tiré. Lo mejor de todo es el burrito cuando está tierno, nada más que todos le hacen el feo». Me dice tener todo el tiempo del mundo para buscar, pero necesita concentrarse: «Dios mío ayúdame a encontrar siquiera un chucito. Eso es en lo que más pienso cuando ando en el monte, es que pienso en tantas cosas».
 ***
 El cañón del Mimbre no deja ver el desierto, pura montaña pelona con riscos afilados. Casi las cinco de la tarde y los caminos a esta hora los han secado. Hay más de 30 grados centígrados. El sitio parece un baño sauna, la humedad sofoca. Entre nopales y ramas secas, señales de piedras en el monte hablan de la presencia de Tacho, cada que recoge algo interesante marca el territorio con flechas como recuerdo del hallazgo. Aquí encontró esto, allá aquello. Sus piernas no dejan de caminar, sus brazos de señalar. Lleva una pala, entre piedras y zanjas tiene escondida la criba para colar la tierra y facilitar el trabajo. Hay hoyos, botellas de agua de hace dos años cuando empezó a cavar y pinturas rupestres en las piedras. «Tiene uno que estar medio locotón para cribar esa madre. Están cabrones los chuzos, se dice fácil, pero se requiere de un gran esfuerzo. Me han dicho que me van a llevar al bote por esto, yo les digo: Vayan a chingarse al monte a ver si es cierto culeros; y se callan». A las 5: 30 de la tarde sale el primer chuzo para Tacho. Vuelve a llenar la criba, busca en las piedras, remueve la tierra. Algo brilla: «Suerte para la próxima Tacho. Es que la cosa es calmada, necesita uno no desesperarse». Nada más se escucha ruido de la pala, el grito del águila, el llamado de la chicharra y el cantar del cenzontle. «Dios ha de decir: A este negro lo voy a ayudar, tanto que se ha chingado. Nada más porque los camaradas (indios) no trabajaban el oro, si no ya sería ricote». Empieza a oscurecer, el segundo chuzo sale. Tacho agarra vuelo y ya no quiere parar. «Es que uno se engolosina, pero el jale es así, a veces encuentro uno, muchas veces nada».
Llegando a casa la cena está servida: huevo, sopa, frijoles, tortillas de harina y café. Charcos de Risa está a oscuras. Las casi 50 familias duermen esperando que al otro día no llueva para ir a la candelilla. La casa de Tacho es de adobe: tiene 4 cuartos, piso de tierra, cocina con leña, letrina y un corral grande. Ofrece para dormir el recibidor donde guarda un compresor, bicicleta, jaulas, costales y un gallo enfermo. Petronilo duerme, Imelda esconde bajo un mueble, canta, salta: es su hora. La hora de las lechuzas.
***
El sol está por salir. Los gallos han cantado. Una lámpara de gas es el equipaje. Los primeros rayos son horizontales. En el suelo hay millones de caracoles pequeños como arroces, blancos como huesos. De gota en gota de sudor son encontrados círculos de piedra y carbón enterrados. Tacho cree que eran hornos de los antiguos pobladores. También hay pedazos de hueso regados. Crecen las posibilidades de hallar algo.
En un arrebato Tacho toma una osamenta amarillenta, la entierra con piedras, exclama: «Para que descanse en paz el camarada».
Todas las piedras brillan por el sol, el calor es insoportable. El resultado son pedazos y más pedazos de piedra que podrían ser pero no son. Ayer fueron dos chuzos buenos, la ganancia depende de la negociación: 50, 100, 200 pesos. Tres horas y nada, rastros de Tacho en el suelo… y nada: «Todo esto ya lo he caminado. Es que los pinches chuzos están cabrones, ya aunque dance, salte y la chingada no hallo ni madres». Tacho ha decidido ir a un lugar donde encontrar carrizo y palos de sotol para elaborar las flechas y mangos de cuchillo. Por caminos que no son precisamente eso la camioneta avanza: «Es para que le cuenten a sus nietos: Yo andaba allá con un pinche viejo loco de la sierra, de jodido que alguien me recuerde cuando muera». El chirriar de la carrocería con mezquites es intenso, las llantas arrollan gobernadoras con la esperanza de que no las ponche. El sitio es puro monte. Metros adelante un lugar camuflado por ramas secas, espinas y piedras: es una cueva. El descenso es de manera horizontal, con cuidado para no resbalar. El interior es muy grande, hay oquedades pequeñas que dan a otros pasadizos. Huesos humanos, guano, varas y restos de fogata en el interior. Pese al calor de afuera, en la cueva el clima es fresco. Según Tacho mucha gente de las comunidades cercanas ha entrado al lugar y destruido la naturaleza. Hay sitios que han sido obstruidos con piedras, también hay envases de cerveza y osamentas rotas: «Es que la pinche gente no respeta, no sé para qué sacan los huesos de los camaradas, no los dejan descansar en paz». En un arrebato Tacho toma una osamenta amarillenta, la entierra con piedras, exclama: «Para que descanse en paz el camarada». Prepara la lámpara, adentro de la cueva es muy oscuro, hay que escalar piedras resbalosas: mucha tierra suelta, piedras ruedan, guano entra a los pulmones. El resultado de varios minutos en la oscuridad son algunas varas de carrizo viejas. Ya casi no hay: la gente se ha encargado de hacer fogatas con ellas. Tacho no se explica para qué. Antes chuceaba en ese lugar, pero ahora es difícil encontrar algo, tiene que buscar nuevos lugares para sobrevivir. El ascenso por la cueva es más difícil, la luz solar cala en los ojos. Tacho lleva sus varas y el deseo de encontrar chuzos. Aún es temprano para desistir: «Yo creo que hasta que muera voy a seguirle, hasta que pueda caminar. No hay de otra». Un trago de agua. A marcar nuevos caminos.
 ***
Al pie del lecho seco de un río Tacho no deja de observar la franja honda donde hace años hubo agua. La inmensidad es una característica de aquello que se fue. Parado al borde, señala con su vara el desierto y la vista se pierde en recuerdos, en sueños de un pasado distante. No sopla viento, si acaso un cálido susurro que mece los mezquites. «Me hubiera gustado vivir cuando la gente estaba en el monte, tanteo que había mucha vida, muchos animalitos. Todo era verde con tanta agua ¿Qué preocupaciones tenían los camaradas?». Entre recuerdo y recuerdo Tacho evoca los años de su niñez cuando llegó la televisión a Francisco I. Madero. Sólo dos o tres familias tenían y cobraban para que ellos vieran las caricaturas. También se le antojan las cachuchas, un pan redondo con ombligo en medio que nunca ha vuelto a probar: «¿Quién sabe si todavía existan? Ya no las he visto».


Y del cine. También se acuerda del cine, al que no ha ido hace 22 años: «Mi niñez la viví a toda madre. Estaba a 60 centavos la matiné, las películas de El Santo eran las que más me gustaban, que contra las momias y la chingada pero nos divertíamos. Años aquellos… con un peso entrabas y con cinco comprabas el refresco. La última película que vi fue una de Cantinflas».

—¿Qué ha cambiado de todo aquello?

—Pues ahora hay mucha maldad, mucha loquera, no sé por qué es así la gente. Tanteo que antes todos éramos más felices, la gente nomás anda viendo la manera de chingarte, a mi no me gusta chingar a las personas, Dios me ha de ayudar.
Tacho se ha dado cuenta que es un día malo, no lleva ningún chuzo a casa. Y para colmo el hambre es canija. Después de comer unos burritos de chicharrón y papa calentados en brasas de huisache descansa un poco tirado en la sombra. No le inquietan las hormigas que ha llamado la comida.

—Me gusta cotorrearla con las hormigas cuando ando por acá, son camaradas.
—Sí estás loco, Tacho —atrevo a tutearlo. Ahora sí ya somos amigos.

—¿Pos qué más puedo hacer en medio de tanto pinche monte?

Regreso a casa Tacho no habla, está cansado. Recoge leña para la estufa, echa aire a las llantas con una bomba de mano y alucina que sigue manejando su camioneta automática con ambas piernas. Dice que así es más fácil. La carrocería rechina, el sol se esconde tras los cerros, sigue el clima encendido: colores rojos, amarillos, el azul del cielo difuminado.

—¿Y mañana para dónde, Tacho?

—Mañana a ver a dónde chingaos le pego, no hay de otra.
 * * *
*Esta crónica se publicó en 2006. En ese entonces la red no era como ahora. La única prueba de su existencia fue volver a retomarlo. Tacho sigue en pie después de una larga enfermedad; sigue visitando el monte.




ORIGEN DE LAS PUNTAS DE FLECHA

En los yacimientos prehistóricos de mayor antigüedad se han encontrado numerosas puntas de flecha de pedernal hábilmente talladas. Ya en estos primeros ejemplares aparece la punta de flecha con forma triangular, que se ha conservado desde entonces. El uso del arco parece remontarse en Europa a una época muy lejana, a la del Edad del Reno. En alguna estación lacustre se han encontrado restos de arcos de madera pertenecientes a la época neolítica.

 

Los tipos de flechas prehistóricas son muy numerosos: unos tienen la forma de almendra, otros la forma de hoja de laurel o de olivo, otras son triangulares o romboidales. En su base suelen presentar un semicírculo o bien dos puntas. Algunas de estas puntas de pedernal o cristal de roca se conservan en el Museo Arqueológico Nacional de España.

Los egipcios, que, como es sabido, eran excelentes arqueros, usaban flechas con el asta de madera y la punta de bronce, generalmente de forma triangular. Para la caza, se servían de flechas con puntas de madera o de pequeños dardos con triple punta de pedernal sujeta al asta por medio de un mástil negro. Las flechas egipcias tenían, por el lado opuesto, tres plumas para estabilizar el movimiento del arma durante el vuelo. En los monumentos que se conservan se presenta a los guerreros provistos de carcajes ricamente decorados. Los carros de guerra llevan siempre al costado un carcaj.


Según se puede apreciar en los bajorrelieves asirios, las flechas orientales eran del mismo tipo que las egipcias. La punta en forma de hoja de laurel debía ser de bronce, el asta es bastante larga y lleva sujetas al extremo unas plumas. Los arqueros llevan revestido el antebrazo de una especie de manguito, que debía ser de cuero, para evitar el roce de la cuerda. También nos informa Heródoto que los antiguos orientales, en especial los partos, eran muy hábiles en el manejo de la flecha. También parece que era un arma terrible en manos de los etíopes, que no llevaban carcaj, sino que colocaban las flechas sobre una especie de casquete con que se cubrían la cabeza. Los escitas y los númidas tenían la habilidad de lanzar sus flechas indistintamente con la mano derecha o la izquierda.

Los griegos no fueron tan buenos tiradores de flechas como los orientales. Sin embargo, debieron copiar de éstos el arma. La flecha griega medía unos 60 cm, el asta era de madera muy ligera y la punta metálica, simple o barbada, generalmente trilobulada. El apéndice de las plumas era idéntico al de los orientales. El carcaj griego contenía de 12 a 20 flechas y lo llevaban al costado izquierdo, guardando también en él algunas veces el arco. Los tiradores griegos acostumbraban a hincar en tierra una rodilla, tal y como lo atestiguan los monumentos que conocemos, y entre ellos el frontón del templo de Egina. Los cretenses tenían fama de diestros en el manejo del arco desde los tiempos de Homero, y en una época bastante avanzada de la Historia constituyeron un cuerpo especial del ejército griego.
Los germanos no parece que utilizaran la flecha más que para la caza. Sin embargo, los celtas y galos la emplearon como un arma de guerra. Los hunos usaban unas flechas de cuero indistintamente para la caza o para la guerra.
En cuanto a la Edad Media, los monumentos que conocemos sirven de testimonio del uso de la flecha como arma de primera importancia entre la infantería de los primeros tiempos. Sabemos que por el siglo XII el arquero llevaba dos carcajes de cuero: uno para las flechas y otro para el arco. Los hierros de las flechas eran semejantes a los de las saetas de las ballestas; es decir, que tenían dos, tres y hasta cuatro puntas y rara vez barbadas como en la antigüedad. En cuanto a la longitud del asta, guardaba relación con la mayor o menor rigidez del arco, así como la estatura del arquero.
Los afamados arqueros ingleses, que se decía tiraban 12 flechas en un minuto hasta 220 m de distancia, llevaban un arco de su misma estatura y flechas de 90 cm de longitud.

Hasta el siglo XIV parece que los hierros de las flechas usados en Francia ofrecían en su base una parte hueca para sujetarlos al asta, y desde esa época el hierro se hizo más estrecho y ofrecía cuatro puntas caídas. La aparición de las armas de fuego desterró por completo en Europa el empleo de la flecha.




En América, Asia, África y Oceanía, la flecha se usó desde tiempos muy antiguos y todavía se utiliza por algunas tribus. Las flechas envenenadas con jugo de plantas o venenos de animal han servido de arma de guerra en América, India y a lo largo de las costas desde Arabia hasta China.



Una punta de flecha es una punta, por lo general afilada, sumada a una flecha para que su uso sea más mortífero o para cumplir algún propósito especial. Históricamente, las puntas de flecha eran de piedra y de materiales orgánicos; conforme la civilización humana avanzaba otros materiales fueron utilizados. Las puntas de flecha son importantes piezas arqueológicas y una subclase de punta lítica.



En la edad de piedra, la gente usaba huesos afilados, piedras talladas, escamas (lascas) y trozos de roca como armas y herramientas. Tales artículos se mantuvieron en uso a lo largo de la civilización humana, junto con los nuevos materiales utilizados con el paso del tiempo. 



Como artefactos arqueológicos tales objetos son clasificados como puntas líticas, sin especificar si eran para ser proyectadas por un arco o por otros medios de lanzamiento.

Tales artefactos se pueden encontrar en todo el mundo. Las que han sobrevivido están hechas, generalmente, de piedra, sobre todo de sílex, obsidiana o chaillé, pero en muchas excavaciones se encuentran puntas de flecha de hueso, madera y metal.

 

En agosto de 2010, un informe sobre las puntas líticas de piedra, que datan de hace 64 000 años, excavadas de las capas de sedimentos antiguos en Sibudu Cave, Sudáfrica, por un equipo de científicos de la Universidad de Witwatersrand, fue publicado. Los exámenes dirigidos por un equipo de la Universidad de Johannesburgo encontraron rastros de residuos de sangre y hueso, y adhesivo hecho de una resina a base de plantas usado para sujetar la punta a una varilla de madera. Esto indicó "el comportamiento exigente cognitivo" necesario para fabricar pegamento.
 

"La caza con arco y flecha requiere múltiples etapas complejas de planificación, recolección de material, herramienta de preparación e implica una serie de innovadoras habilidades sociales y comunicativas".



Diseño

La punta de flecha se une al eje (astil) de la flecha para ser disparada con un arco; el mismo tipo de puntas líticas pueden estar unidos a las lanzas y ser arrojadas por medio de un átlatl (lanzadardos).

 

La punta de flecha o punta lítica es la parte funcional primaria de la flecha, y juega el papel más importante en la determinación de su propósito. Algunas flechas simplemente utilizan una punta afilada del mismo astil, pero es mucho más común separar las puntas de flecha hechas, por lo general, de metal, cuerno, o algún otro material duro.


Las puntas de flecha pueden estar unidas al astil con una tapa, una espiga a zócalos, o insertarse en una ranura del astil y mantenerse fija mediante un proceso llamado enmangamiento.



 
 

ARTESANIAS LITICAS DE SUDCALIFORNIA

ARTESANO CASIMIRO GARDEA OROZCO
La cultura de los pueblos que habitaron la península siempre ha causado un gran interés para los antropólogos y arqueólogos, también ha despertado el interés de la sociedad  que busca conocer y comprender el cómo vivían y concebían su espacio geográfico.


Gracias a los escritos de los misioneros Jesuitas y Dominicos principalmente, nos ha llegado información acerca de su modo de vestir, alimentación y algunas de sus costumbres, aunque hay que señalar siempre con el sesgo característico de una cultura totalmente diferente. Fue en los últimos dos siglos (1800-2000) principalmente, cuando los investigaciones y reflexiones acerca de las culturas indígenas que habitaron la península dieron como resultado un mayor interés de la población por conocer y comprender de una manera más objetiva, estas culturas que lograron con el paso de los siglos adaptarse a un medio hostil.


Esta fascinación despertada ante el hallazgo de algunas puntas de flecha en 1977 en sus paseos por las cercanías de la ciudad de La Paz, especialmente durante sus caminatas por la playa El Conchalito, hace ya más de 35 años motivo en Casimiro Gardea Orozco, nacido en la Cd. de Chihuahua, Chih. Y avecindado en esta ciudad desde 1975, siendo sobreviviente del Ciclón Liza en 1976, por esta causa estando el internado en La ciudad de Los Niños y Niñas de La Paz y siendo aprendiz de Diseñador Gráfico en la imprenta, adquirió la costumbre de salir desde temprano los domingos a caminar por la playa . . .  durante estos paseos fue que encontró sus dos primeras puntas de flecha completas de un  tamaño aproximado a 4 pulgadas de largo en perfecto estado, siendo que él no conocía este tipo de herramientas, únicamente en el museo y en los libros,  dichas puntas se las mostro a una de las personas encargadas del internado que en unos de sus viajes a Italia las llevo quedando estas en las manos de una persona que trabajaba en uno de los museos de aquel país, de las cuales no volvió a saber de ellas, a cambio esta persona a su regreso le obsequio un cuchillo tallado de marfil que trajo de áfrica, a partir de ese entonces nació en el la costumbre de cada vez que salía a caminar… buscar y coleccionar piezas líticas, encontrando casi en su totalidad piezas fraccionadas o quebradas y esporádicamente piezas completas, su perseverancia le llevo a juntar más de 40 piezas completas en perfecto estado las cuales dono en el 2012 al Museo de Antropología e Historia de Baja California Sur para su exposición junto con un molar de camello prehistórico que encontró frente al antiguo hotel Gran Baja.

 
Su labor creativa no concluyo con la entrega de esta colección, sino que al darse cuenta de que la mayoría de las puntas de lanza y flecha que se encontraba estaban partidas o quebradas tal vez por el uso que se les dio al ser arrojadas contra sus presas o a la hora de estar haciendo su percutido se le quebró al autor original de las mismas y en base a artículos publicados en libros por investigadores decidió realizar con la técnica de percutido algunas puntas de flecha que después de muchos intentos logro sus primeras replicas (por mencionarlas así pero en su caso son originales, por lo regular ninguna pieza es igual a la otra) durante varios años estuvo guardando estas piezas, no quedando satisfecho con esto empezó a fabricar también hachas, después le nació la inquietud de hacerlas de una manera más completa y comenzó a confeccionar arcos con sus flechas haciendo los amarres con cordel de pesca, pero esto tampoco le satisfacía y comenzó a investigar el tipo de amarres que los indios californios usaban, leyendo el algún libro que ellos hacían lasillos machando las raíz del cardón, choya, ocotillos y magueyes silvestres, tratando de simular esta técnica intento buscar la manera de hacer algo similar a los hallazgos en las excavaciones, incluso uso hoja de palma pero no le parecía bien, hasta que en una charla en internet con un coleccionista argentino este le dijo que en algunas culturas utilizaban la fibra de la hoja del plátano para vendar las heridas y en algunos caso los hilos de las hojas para hacer suturas craneales, que lo intentara de esta manera, así lo hizo logrando lasillos muy parecidos a los utilizados por los antiguos californios, confirmándolo después cuando se le permitió la entrada al laboratorio del Museo de Antropología e Historia de Baja California Sur para observar los lasillos que ahí conservaban de un faldellín pericué hecho con nudillos de carrizo de más de 700 años de antigüedad en cual se le solicito les elaborara con esta técnica para colocar en un maniquí de una mujer pericué  junto con un pectoral de concha de madreperla para su compañero.


 Ya logrado este paso comenzó confeccionar arcos completos con su flechas haciendo sus amarres con esta fibra de plátano poniendo mango a las hachas haciendo los amarres con esta fibra, logrando de esta manera piezas que envidiaría cualquier coleccionista de armas antiguas y así consiguió hacer su primera pequeña exposición durante el mes de mayo al mes de agosto de 2013 en Centro de Artes Tradiciones y Culturas Populares de Baja California sur.


 Casimiro Gardea Orozco presento esta serie de objetos con la finalidad de que las personas obtengan una imagen de cómo eran utilizados y la importancia que tenían para las culturas de los indígenas californios dedicados principalmente a la caza y recolección de frutos y semillas. Además esta piezas son concebidas por el autor como una artesanía diferente tal vez, pero no menos importante al ser hechos con enorme destreza y habilidad..

 
Reconocemos la constante labor de este artesano que nos ofrece una interesante visión de la cultura de los antiguos californios, esperando que hayan disfrutado de esta muestra del talento y creativad de este Sudcaliforniano por adopción.

EXPOSICION ARTE LITICO

DE SUDCALIFORNIA

CENTRO ARTES POPULARES
 
CENTRO DE ARTES POPULARES
DE BAJA CALIFORNIA SUR

Foto1614
LA PAZ, BAJA CALIFORNIA SUR
EXPOSICIONARTEE LITICO DE SUDCALIFORNIA
HACHAS,  ARPONES, PUNTAS DE FLECHA,
CUCHILLOS, ACCESORIOS, ETC.
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HACHAS,  ARPONES, PUNTAS DE FLECHA,
CUCHILLOS, ACCESORIOS, ETC.
Foto1621
HACHAS,  ARPONES, PUNTAS DE FLECHA, CUCHILLOS,
ACCESORIOS, ETC.
Foto1620
REPLICA DE FALDILLIN PERICUE
HACHAS,  ARPONES, PUNTAS DE FLECHA,
CUCHILLOS, ACCESORIOS, ETC.
Foto1619
HACHAS,  ARPONES, PUNTAS DE FLECHA,
CUCHILLOS, ACCESORIOS, ETC.
Foto1618
HACHAS,  ARPONES, PUNTAS DE FLECHA,
CUCHILLOS, ACCESORIOS, ETC.
Foto1615
HACHAS,  ARPONES, PUNTAS DE FLECHA,
CUCHILLOS, ACCESORIOS, ETC.
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casimiro gardea orozco
CASIMIRO GARDEA OROZCO
EN LAS OFICINAS DE CANAL 8
PARA UNA ENTREVISTA
EN EL PROGRAMA CON SENTIDO



Hoy sus piezas están a la venta en:
 La Casa del Artesano Sudcaliforniano
Parque Cuauhtémoc   Bravo y Mutualismo Frente al Malecón


CASA DEL ARTESANO SUDCALIFORNIANO 005


 
 
 

 
 

 

 

 

 


 

























































GRACIAS POR SU VISITA




CASIMIRO GARDEA OROZCO
 

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